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El 30 de julio de 2012 murió Dardo Pérez Guilhou. Este fue mi homenaje legislativo realizado durante la Sesión del día martes 31 de Julio.

foto Diario Los Andes

Ayer murió Dardo Pérez Guilhou. En él puede reconocerse al jurista, al constitucionalista, al docente, al investigador riguroso, al autor prolífico, al intelectual profundo, al hombre de ideas.

Nacido en Mendoza un 9 de enero de 1926, se recibió de abogado en la Universidad de la Plata en 1949. Luego, en 1950, para dejar plasmada su indiscutida vocación docente, recibe también en La Plata su título de profesor de enseñanza media en Ciencia Jurídicas. Se doctoró “cum laude” en derecho en la Universidad de Sevilla, España, en 1960.

Admirador declarado de Juan Bautista Alberdi, encontró en los estudios constitucionales un escenario vasto para sus inquietudes intelectuales, descollando en todas aquellas facetas que forman al verdadero hombre de ciencia. Porque dictó clases, investigó, escribió, dirigió instituciones y equipos de estudio, fue miembro de academias y sociedades históricas y jurídicas, y en todos esos ámbitos dejó la impronta de un pensamiento lúcido expresado de forma clara y sencilla; fruto de una inteligencia superior, forjada en el rigor de la lectura y en la laboriosidad del análisis.

Fue docente, decano en Ciencias Políticas, y rector de la U.N.C; docente e investigador de la Universidad de Mendoza;  Director del Instituto de Investigaciones de Derecho Público de Mendoza; miembro de la Academia Nacional de la Historia y de otras reconocidas instituciones similares en toda América; conferencista en distintas universidades del país y en el extranjero. Autor de numerosos artículos sobre historia y derecho constitucional en diferentes revistas y boletines académicos; publicó libros de forma individual, o en coautoría, como Poder Constituyente y constitución histórica argentina, en “El régimen constitucional Argentino” ; “Emilio Civit” en “La Argentina del Ochenta al Centenario”; La opinión pública española y las Cortes de Cádiz frente a la emancipación hispanoamericana, 1808-1814; La Suprema Corte de Justicia y el Gobierno de facto argentino (1976-1980); Los partidos políticos y el orden constitucional, en el estatuto de los partidos políticos; El pensamiento político de Alberdi y la Constitución de 1853, por citar algunos de una larga lista.

Dijimos que fue un hombre de ideas. Pérez Guilhou se reconocía como conservador. No fue un militante político, si fue un militante intelectual. No obstante, tuvo acercamientos con la política de su tiempo. Fue asesor en el Ministerio de Trabajo en 1956, asesor en el Ministerio de educación en 1957; ministro de Educación de la Nación en 1969, durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía. Muchos le reprocharon esta participación sin atender las profundas contradicciones de un país que comenzaba el tránsito por su época más oscura. Con todo, Dardo Pérez Guilhou que fue un intelectual y no un político, fue un convencido y convincente difusor de las ventajas del régimen republicano. Y nada fue óbice, para que la mayoría de los dirigentes políticos mendocinos buscaran su consejo sabio y generoso en las materias a las que dedicó su vida, la Constitución y las leyes que de ella emanan.

Hoy, en esta sesión, quiero recordar al profesor que supo inspirarme en la universidad el amor por la república y sus instituciones; al que me permitió discutir en clase sobre historia argentina y otros temas; al estudioso de la política; al hombre enamorado de su tierra y su cultura; a la persona que me aconsejó en varios temas políticos y legislativos. La academia y el foro de Mendoza han perdido uno de sus hombres más eminentes.

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foto diario uno

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Me enteré de la muerte de Aldo Giordano en el aeropuerto de San Francisco, minutos antes de tomar el avión de vuelta de la misión comercial que hace unos días inicié a USA.

Aunque al partir de Mendoza me fui con un nudo en el estómago por el avance de la enfermedad de Aldo, nunca pensé que me vería impedido de despedirme de mi amigo como él se lo merecía, y me hubiese gustado hacerlo. No podré llegar a su funeral, por lo que escribo estas palabras en una escala.

A su familia le envío mi respeto más profundo y el cariño de todos los que trabajamos en el Bloque de Senadores del PD que siempre lo quisieron y admiraron. Aldo se hizo querer desde el mismo momento de su asunción como Senador Provincial.

El reconocimiento a su persona y a su capacidad excepcional se extendió a todos los integrantes del Senado Provincial, que valoran en él sus permanentes aportes de equilibrio, racionalidad, pragmatismo y sentido de la oportunidad, en los distintos temas que nos tocó analizar.

En lo personal extrañeré a mi compañero de banca, al Senador que se sentaba a mi izquierda, al que me apoyó siempre, en todo, y al que me ayudó en momentos difíciles a defender las ideas de nuestro querido Partido Demócrata en la Legislatura de Mendoza. Echaré de menos sus sabios consejos, que calmaron las aguas en momentos en los que la defensa de las ideas podían hacer peligrar alguna relación humana.

Aldo Giordano fue un gran hombre público, que vivió con pasión su dedicación al bienestar general. Fue singular, punzante, con su pluma filosa marcó un rumbo, y con su oratoria brillante enriqueció ideas y generó debate. No pasó desapercibido, como corresponde a todo buen hombre público.

Me despido de mi amigo, del que voy a conservar en mi memoria todas sus cualidades, y el profundo sentido del humor del que pueden dar fe los que bien lo conocimos.

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Despedir a alguien con la certeza de lo irremediable es ciertamente doloroso pues el espacio vacío se torna inconmensurable para aquellos que acompañaron afectivamente a la persona.

Pero hay vidas ricas en realizaciones, en luchas, en vocación y en pasión por la misma, en las que las obras eternizan a sus realizadores. Creo que este es el caso del profesor Rodríguez Varas. Porque dejó entrar, como reza el proverbio bíblico, la sabiduría a su corazón, y la ciencia en su alma fue dulce. Con tales dones honró a la docencia provincial.

Fue, como Sarmiento, maestro vocacional, periodista lúcido y luchador infatigable. Con las herramientas propias de su oficio cumplió con el fin mayor de la educación: hacer libres a los hombres. No se excusó, valientemente, de defender sus ideas políticas. Fue un hombre de partido activo y solidario. ¡Extraño ejemplo hoy en el que muchos, bajo el manto de la ciencia o de la prensa, para no poner en riesgo sus carreras, callan iniquidades evidentes para los más simples!

De su saber y de su compromiso cívico dan testimonio muchos de los programas educativos que, en su momento, propusiera el Partido Demócrata al pueblo mendocino. Con la modestia natural de quienes son conscientes de su valía no le importó el puesto que le tocara en la lucha, sino ocuparlo. En tal sentido, para nuestro partido no será fácil encontrar alguien con sus talentos.

Decíamos que la de don Pedro fue una vida rica, y larga. Afortunadamente para los que lo conocimos en algunos de sus distintos roles.

Para los demócratas será siempre aquel que brindaba la visión acertada en los temas de política educativa. Para la mayoría de sus alumnos, como hizo referencia un artículo periodístico, será el educador que nunca será olvidado por todo lo que enseñó. Y todos lo recordaremos como el hombre que simplemente se definía como maestro, por ser la niñez su más cara preocupación, por ser la primera enseñanza la que fortalece la igualdad de oportunidades.

No está demás concluir en que Pedro Rodríguez Varas fue un gran hombre, de esos que construyeron una sólida reputación en vida por la seriedad que ponía en su trabajo, por su inteligencia notable, por su vasta cultura y por el desprendimiento con que prodigaba sus conocimientos. El que haya sido un entusiasta afiliado es un motivo de orgullo para el Partido Demócrata, que seguramente no obviará en su historia el paso por sus filas de tan eminente mendocino.

Ya en lo estrictamente personal, el recuerdo de don Pedro permanecerá siempre asociado al recuerdo de mi abuelo Carlos por la larga amistad que los uniera.

Quede así fundamentado el sentido de estas líneas al evocar a un hombre de bien.

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Deseo rendir un homenaje a un hombre que soñó una república y trabajó muy duro por conquistarla.

Domingo Faustino Sarmiento fue ante todo un hombre de su tiempo, pero con la vista puesta muy claramente en el futuro.

Fue escritor, sociólogo, estadista, periodista; pero por sobre todo, educador.

Un hombre con muchas facetas pero con una incansable vocación por trasformar la realidad que lo rodeaba. Siempre supo que la educación es el primer capital de un pueblo y la diferencia entre un simple paí­s y una verdadera nación.

Como estadista, Sarmiento fue Director del Departamento de Escuelas, Ministro de Gobierno del Presidente Mitre y Gobernador de San Juan. Luego asumió la Presidencia de la Nación, por el mandato 1868-1874. Más tarde, fue senador y Ministro de Interior durante el gobierno de Nicolás Avellaneda.

La educación fue una constante de su obra de gobierno, diseñó los instrumentos legales y administrativos para lograr ese objetivo. Cuando Sarmiento asumió la gobernación de San Juan dictó una Ley Orgánica de Educación Pública que imponí­a la enseñanza primaria obligatoria y creaba escuelas para los diferentes niveles de educación, entre ellas una con capacidad para mil alumnos, como fue el Colegio Preparatorio, y una escuela, destinada a la formación de maestras. Desde la presidencia siguió impulsando la educación fundando unas 800 escuelas.

Siendo Presidente de la Nación (1868-1874), la obra que desplegó en este sentido fue descomunal: multiplicó el número de alumnos en las escuelas (la cifra de educandos pasó de 30 mil a 100 mil), creó la primera institución dedicada a la formación de maestros (la Escuela Normal de Paraná), promocionó la práctica de la lectura, a través de la Ley de Bibliotecas Populares, que dio origen a 140 bibliotecas en todo el paí­s, e impulsó la creación de escuelas en todas las geografías de la nación.

Su obra modernizadora como Presidente fue gigante. “El progreso -escribirá- marcha a su paso natural, rápido, donde encuentra terreno preparado, lento donde no halla libertad, inteligencia o capital, tres ingredientes de que se compone aquella droga.” Con esta idea, pregonó cambios y transformaciones que significaron reemplazos de valores, de metas y de estilos de vida, cambios que expuso claramente en Civilización y Barbarie. Imaginó un paí­s moderno y obró en consecuencia, con un apoyo decidido a la educación, la ciencia y el trabajo, pilares de una nación fuerte: fundó el Observatorio Astronómico de Córdoba, la Facultad de Ciencias Fí­sicas y la Academia de Ciencias de esa provincia. Ordenó realizar el Primer Censo Nacional de Personas, instrumento de gobierno y administración indispensable para determinar las reales necesidades de la población. En 1874, inauguró el primer servicio de cable transoceánico y amplió la red de ferrocarriles, interconectando distintas capitales de provincia, y promovió la inmigración extranjera, con políticas de colonización de vastas regiones del Interior.

Sarmiento aprendió en Estados Unidos la importancia de las comunicaciones en un paí­s extenso como el nuestro. Durante su gobierno se tendieron 5.000 kilómetros de cables telegráficos y en 1874, poco antes de dejar la presidencia, pudo inaugurar la primera lí­nea telegráfica con Europa. Modernizó el correo y se preocupó particularmente por la extensión de las lí­neas férreas.

Desde el gobierno, Sarmiento intentó concretar proyectos renovadores como la fundación de colonias de pequeños agricultores de Chivilcoy y Mercedes. La experiencia funcionó bien, pero cuando intentó extenderla se encontró con la cerrada oposición de los terratenientes nucleados en la Sociedad Rural Argentina que, le hizo saber a Sarmiento que los terratenientes consideraban “inconveniente implantar colonias como la de Chivilcoy donde ya estaba arraigada la industria ganadera”. Sarmiento se enojó mucho y declaró: “Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear que meterse en negocios que los llenarán de aflicciones. Quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggans, a los Cano y los Leloir y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como las cámaras (del Congreso) están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja”.

Defensor y propulsor de la educación en 1875, Sarmiento asumió como Director General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires. Estaba convencido de la necesidad de propiciar por la educación primaria popular: “Es la educación primaria la que civiliza y desenvuelve la moral de los pueblos. Todos los pueblos han tenido siempre doctores y sabios, sin ser civilizados por eso”.

Durante la presidencia de Roca ejerció el cargo de Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación y logró la sanción de la Ley 1420, que estableció la enseñanza primaria, gratuita, obligatoria, y laica.

Fue también un gran escritor, sus obras completas suman 52 tomos. Entre ellas se destacan: Mi defensa, Civilización y Barbarie, Vida de Juan Facundo Quiroga, Viajes, Argirópolis, Recuerdos de Provincia, Campaña del Ejército Grande, Conflictos y armoní­as de las razas de América, De la educación popular, etc.

Sarmiento murió el 11 de septiembre de 1888 pocos años antes, habí­a dejado escrito una especia de testamento político: “sin fortuna que nunca codicié, porque era bagaje pesado para la incesante pugna, espero una buena muerte corporal, pues la que me vendrá en política es la que yo espero y no deseo mejor que dejar por herencia millones en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro paí­s, aseguradas las instituciones y surcado de ví­as férreas el territorio, como cubierto de vapores los rí­os, para que todos participen del festí­n de la vida, del que yo gocé sólo a hurtadillas”.

Quiero hacer extensivo en este homenaje nuestro reconocimiento a los maestros de carne y hueso, que me formaron y nos formaron. Hago votos para que la educación vuelva a ser lo que fue y que construyó la Argentina convirtiéndola en el faro cultural y académico de toda América Latina.

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Voy a rendir un merecido homenaje a Guillermo Brown, el marino irlandés que llegó al Río de la Plata en vísperas de la Revolución de Mayo, se convirtió en el primer almirante argentino, y en héroe nacional.

El almirante Guillermo Brown, nació el 22 de junio de 1777 en Foxford, Irlan­da. De muy chico perdió a su madre y con nueve años debió abandonar la tierra natal en Irlanda, para acompañar a su padre en busca de mejor fortuna. Emigró a Estado Unidos, y a los diez años quedó huérfano y solo en el puerto de Delaware. Comenzó a trabajar como grumete y al poco tiempo, comandaba un pequeño buque con bandera británica. A los 19 años, tenía patente de capitán mercante, por lo cual podemos decir que era un hombre sumamente capacitado para el mar.

Fue cautivo de Napoleón, y dos veces logró escapar de sus prisiones, soportó los temporales del cabo de Hornos, fue corsario en el Pacífico y con sus acciones promovió las ideas de libertad en El Callao y en Guayaquil.

Brown llegó al Río de la Plata a principios de octubre de 1811, y a Buenos Aires a principios de noviembre de ese año. Vendió al gobierno patriota sus pertrechos de guerra, con lo que adquirió una embarcación para constituirse en naviero del Plata.

La pérdida de su buque lo aferró a Buenos Aires. Eso lo afirmó aún más en su labor marinera mercante posterior, la que lo hizo conocedor del río.

Se convirtió en un militante de la causa de Mayo y fue nombrado comandante en jefe de la Escuadra de marzo de 1814, a partir de lo cual consagró su vida al servicio de su patria de adopción.

En marzo de 1814 tomó la Isla Martín García, que estaba en poder de los realistas y donde la flota española tenía depositado su arsenal.

Al año siguiente Posadas firmó el decreto por el que era designado Teniente Coronel y Jefe de la Escuadra. Aquel momento señalaba una hora decisiva en el glorioso destino de la Marina de Guerra Argentina, y de quien sería entonces y para siempre su Almirante Inmortal.

En 1815 emprende con la fragata “Hércules”, un crucero por aguas de Chile, Perú, Ecuador y Colombia, llevando las ideas de libertad de la Revolución de Mayo hasta aquellas regiones, convirtiéndose en precursor de la gesta libertadora que llevaría a cabo el General José de San Martín más tarde.

Comandó la Escuadra Argentina en 1814 que venció a las fuerzas realistas en Montevideo. Según San Martín la victoria de Brown en aguas de aquella plaza fue “lo más importante hecho por la Revolución Americana hasta el momento”.

En 1825, con el grado de Coronel de Ejército al servicio de la Marina del Gobierno de Buenos Aires, fue destinado al mando de la Escuadra Republicana de las Provincias Unidas del Río de la Plata, para participar en la guerra que las Provincias Unidas sostuvieron contra el Imperio del Brasil.

En esa oportunidad, comandó por segunda vez la Escuadra Argentina.

El pueblo de Buenos Aires se agolpó en la ribera, y presenció los combates, desproporcionados en poderío en nuestro perjuicio, lo que no inquietaba sobremanera. Bown le dijo a su tropa:

“Marinos y soldados de la República: ¿Veis esa gran montaña flotante? ¡Son los 31 buques enemigos! Pero no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la “25 de Mayo” que será echada a pique antes que rendida. Camaradas: confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la Patria!”

Momentos después la nave capitana de Brown dio aquella consigna inmortal: “Fuego rasante, que el pueblo nos contempla”.

Luego de un inteligente movimiento de barcos, y el apropiado disparo de cañones a las fuerzas enemigas, pudo verse, al despejarse el humo del combate, que la fuerza brasilera se retiraba. Brown ese día recibió del pueblo de Buenos Aires las pruebas más exaltadas de admiración y gratitud.

El bloqueo a que es sometido Buenos Aires por parte de las fuerzas inglesas y francesas cuyo comienzo data desde el año 1838 hace que el viejo Almirante vuelva al servicio activo. Comprendía que el pabellón celeste y blanco enfrentaba un peligro y él nuevamente estaba listo para defenderlo.

El 15 de agosto de 1842 el Almirante Brown en aguas del Río Paraná en Costa Brava, derrota a una fuerza naval riverista que era comandada nada menos que por el héroe italiano José Garibaldi. “Déjenlo escapar, ese gringo es un valiente” es la orden que Brown imparte a sus subordinados cuando pretendían perseguirlo para ultimarlo.

En lo personal pasó tremendas privaciones, lo perdió todo en manos de los británicos, cayó en la miseria, estuvo preso en Buenos Aires, intentó suicidarse y sobrevivió a la muerte de tres de sus cinco hijos.

Finalmente tuvo una vejez tranquila, retirado sin mayores aspiraciones en su modesta quinta de Barracas y fallece en 1857.

El gobierno decreta honras al ilustre marino que, como decían los considerandos de la resolución oficial “simboliza las glorias navales de la República Argentina y cuya vida ha estado consagrada constantemente al servicio público en las guerras nacionales que ha sostenido nuestra Patria desde la época de la Independencia”.

Brown simboliza toda la historia naval argentina.

Dijo sobre él Bartolomé Mitre “No teníamos astilleros, ni maderas, ni marineros, ni nuestro carácter nos arrastraba a las aventuras del mar, ni nadie se imaginaba que sin esos elementos pudiéramos competir algún día sobre las aguas con potencias marítimas que enarbolaban en bosques de mástiles centenares de gallardetes. Este prodigio lo realizó el Almirante Brown en los momentos de mayor conflicto en las dos guerras nacionales que ha sostenido la Argentina”.

Y agregó Mitre en ocasión de despedir sus restos mortales:

“Brown en la vida, de pie sobre la popa de su bajel, valía para nosotros por toda una flota”.

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